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El costo de pertenecer: el rol que ocupas en tu Sistema Familiar

4 ago
4 min de lectura

Actualizado: 1 sept

El ser humano tiene una necesidad biológica de pertenencia. En la primera etapa de nuestra vida somos seres dependientes, de alimento, techo, amor, seguridad. Para el niño o la niña que fuimos, ser expulsado de la familia equivalía a la muerte, por eso, crecemos adaptándonos al entorno en el que nacemos para sobrevivir.



Nuestro Sistema familiar tiene una dinámica, una manera de relacionarse. Cada integrante ocupa un lugar. Cuando nacemos, nos adecuamos a esa dinámica y muchas veces para que siga funcionando, adoptamos un rol dentro de ella.


Un rol no es tu personalidad. Es un "lugar" que se utiliza para mantener la (aparente) estabilidad del sistema. Cada rol tiene una función, una ganancia y una pérdida (el costo por ocupar ese lugar). Aquí te presento los roles más comunes. Te sugiero leer todos y ver con cuál o cuáles te identificas o sientes que has ocupado en algún momento de tu vida. Sé amable contigo.


Es muy probable que te reconozcas en uno (o en una mezcla de varios):


1. El Salvador/a (altamente responsable)

Es el integrante que se encarga de que todo siga funcionando. Es resolutivo, asume responsabilidades económicas y toma decisiones de casa.

Función: el sistema tiene vacíos de autoridad o de cuidado, alguien tiene que sostener la estructura para que “no colapse”.

La ganancia: recibe reconocimiento y poder. Ocupa diferentes lugares sintiéndose indispensable. Su pertenencia está asegurada por su utilidad.

La pérdida: pierde sus límites y su propia vulnerabilidad. No sabe descansar ni pedir ayuda, vive con un agotamiento crónico. Su identidad se borra detrás del "hacer" por los demás.

2. El Chivo expiatorio (el "problema" de la familia)


Es el integrante que evidencia los síntomas que el sistema no quiere ver. Es el rebelde, el que fracasa, el que se enferma o el que siempre está en crisis.

Función: el sistema tiene duelos o pérdidas no elaboradas. Alguien tiene que distraer para no mirar aquello que duele.

La ganancia: recibe la mirada y ayuda del sistema. Aunque sea a través del juicio, la crítica o el castigo.

La pérdida: pierde su autonomía. Crece con culpa, sintiéndose que está defectuoso/a e incapaz. Su identidad se borra al volverse dependiente de los demás.

3. El/la hijo/a invisible (autoexigente)


Es el integrante que "no da problemas". Sus notas son correctas, su conducta es plana y sus necesidades son mínimas.

Función: el sistema está saturado de problemas que no hay espacio para él. Su forma de ayudar es no estorbando. Alguien tiene que estar bien.

La ganancia: mantiene un lugar seguro en el sistema. Evita el juicio o la crítica de los demás.

La pérdida: pierde su voz y su deseo. Su identidad se borra detrás del silencio. En la adultez, se autoexige hacer todo bien, suele tener dificultades para saber qué quiere y sentir satisfacción.

4. El/la Mediador/a (el negociador/a)


Es el integrante que vive como intermediario intentando que nadie se enoje. Aprende a “leer” a los demás y a percibir el clima emocional de la casa.

Función: el sistema está bajo una violencia latente. Hay poca tolerancia al conflicto. Alguien tiene que impedir que la violencia aumente.

La ganancia: recibe información de todo el sistema (poder), es el confidente. Se siente el "pegamento" de la familia.

La pérdida: pierde su tranquilidad. Su identidad se borra detrás la ansiedad y de agradar constantemente a los demás. Crece evitando el conflicto, le es difícil expresar sus emociones.

5. El/la cuidador/a (parentalizado/a)


Es el integrante que se convierte en el padre o la madre de sus propios progenitores. Escucha sus quejas, les da consejos o los sostiene emocionalmente.

Función:  el sistema tiene un vacío de jerarquía.  Los adultos no pueden o no quieren ocupar su lugar de protección.

La ganancia: recibe control, un sentido de importancia y madurez precoz que el sistema aplaude.

La pérdida: pierde su infancia, su vitalidad y la conexión con el placer. Su identidad se borra detrás de las obligaciones. Elimina sus límites para cumplir. Son adultos que sienten que cargan mucho, vivir se siente pesado.


¿Es posible ocupar más de un lugar?


Estos roles forman parte de la dinámica viva del sistema, es muy común encontrar combinaciones o desplazamientos, es decir, por un tiempo ocupaste un rol y en otra etapa de vida ocupaste otro.


Puedes haber sido la –hija invisible- durante toda tu infancia para no dar problemas, pero ante una crisis familiar, como una enfermedad o un duelo, el sistema pudo haberte empujado a convertirte en –la salvadora-. También existen las combinaciones ambivalentes, hay quienes cargan con el peso de ser –el cuidador- y, al mismo tiempo, actúan como el -chivo expiatorio- a través de conductas de autosabotaje, como una forma de protestar contra esa carga que no les corresponde.

Esta multiplicidad de funciones genera un desgaste psíquico profundo. A veces, la persona siente una contradicción interna constante, una parte quiere sostener al sistema (lealtad) y otra parte quiere romper con todo para poder respirar.


Para tu proceso terapéutico:


Muchos de los síntomas que traes hoy: ansiedad, sensación de vacío, relaciones de pareja insatisfechas o bloqueos profesionales, son el resultado de tomar un rol que ya no necesitas, pero que te da miedo soltar porque temes que, si lo haces, dejarás de pertenecer. Es importante recordar que tu perteneces a tu familia sin importar el rol que desempeñes.


Si te has identificado con un rol, responde a estas preguntas para hacer introspección:


  • ¿Quién eres tú cuando dejas de ser funcional para tu familia?

  • ¿Cómo te sientes al pensar en la idea de dejar de ocupar ese rol?

  • ¿Puedes notar tus ganancias y pérdidas?


En la siguiente carta, escribo sobre las lealtades familiares que nos hacen permanecer en ciertos roles.


Con cariño, Liz Guerra.

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