La soberanía de los valores
Actualizado: 1 sept
Si tu bienestar depende meramente de las acciones del otro, tu herida nunca sanará. Aprende a responder desde tus valores y no desde tu herida.

Cuando recibimos una acción o un trato que toca alguna de nuestras heridas, la tendencia inmediata es a reaccionar, no a responder. La reacción es una respuesta aprendida, una conducta rígida que forma parte de nuestro carácter, una manera de relacionarnos que emerge de forma casi espontánea, sin pensarse. Ya está ahí, instalada en nuestros patrones relacionales.
Responder —con responsabilidad— es, en cambio, un acto de consciencia. Viene después de una pausa, implica una elección y una decisión. Es una acción pensada, una acción que se emerge en el presente.
Cuando sentimos que alguien “nos hiere", que en realidad significa que toca una herida que ya teníamos, lo habitual es aplicar la “reciprocidad negativa”:
Tu amiga no te invitó a una fiesta > entonces tú tampoco la invitas.
Tu vecino no te dio un regalo de cumpleaños > tú tampoco le das en el suyo.
Tu pareja no se acordó de tu cumpleaños > tú tampoco te acuerdas del suyo.
No asistieron al evento de tu hijo > tampoco asistes al evento del hijo de mi amigo.
Tu novio te ignora cuando le cuentas algo > tú también lo ignoras cuando te cuenta algo.
No te responden de inmediato un mensaje de WhatsApp > ahora tu tardas más en responder.
… la lista puede seguir, ¿te suena conocido? ¿lo has hecho alguna vez?
Detrás de este mecanismo de defensa hay un intento por hacer que el otro pague lo que nos dolió. Se responde bajo la premisa de -daño con daño-, de -si a mí me dolió, a ti también te va a doler-. Internamente, se busca resarcir el dolor de la herida devolviendo la misma acción, a veces aumentada, pero la herida así nunca se sana. Devolver la misma acción solo aumenta el malestar y genera mayor distancia en cualquier relación.
Hay algo más que mirar en este tipo de interacción en relaciones. Reaccionar desde la herida también es un intento de control. Cuando devuelves el desaire, tu conducta va con la intención de provocar algo en el otro. Buscas que el otro registre su falta, que se sienta culpable, quieres que el otro sienta la consecuencia, que se dé cuenta de su error, que experimente el vacío de tu ausencia, que cambie su actitud o que venga a reparar lo que hizo. Pero entonces tus acciones ya no parten desde tus valores, empiezas a accionar para intentar modificar la conducta ajena.
Estar re-accionando todo el tiempo de acuerdo a la conducta recibida del otro puede hacerte perderte a ti misma/o, sales de tu centro, de los principios que te rigen, de alguna manera empiezas a ser un poco como el otro.
¿Dónde quedas tu? ¿cómo quedas tu? ¿cómo te sientes tu después de actuar así? ¿ayudó realmente a sanar la herida?
Habitar tu propio cuerpo de otra manera.
Entre un estímulo y una respuesta hay un espacio, y ahí, en ese espacio, habita nuestra libertad.
Libertad para ejercer desde el libre albedrío, libertad para reconocer los propios valores, libertad para elegir cómo habitarnos y sostenernos.
Si sientes que no hay espacio, es que necesitas aprender a habitar tu propio cuerpo de otra manera. Bajo un modo donde la respiración te devuelve a ti, se expanda tu consciencia y aparezca la calma.
Hablar de practicar la famosa: “pausa y respira” desde la teoría parece fácil, pero cuando la herida se activa, el cuerpo entra en un estado como de expropiación emocional. Nuestras emociones, eran nuestras, hasta que el sistema nervioso simpático toma el control; el pulso se acelera, la respiración se acorta y se entrecorta, al mismo tiempo que el cerebro reptiliano se prepara para dar alguna respuesta de ataque, parálisis, complacencia o huida. (Hablaré en otra carta de estas respuestas).
En ese estado de urgencia biológica, decir que tenemos libertad para elegir resulta como una ilusión óptica. Realmente no puedes elegir con claridad si tu cuerpo cree que está bajo amenaza.
Para ir ampliando ese espacio de libertad, necesitamos intervenir nuestra fisiología. Para empezar, la pausa no es una idea intelectual, no es una práctica de moda, es una acción física, un acto de consciencia que se cultiva a través de la respiración. En el budismo, este acto de consciencia, conocido como sati o atención plena, es la práctica de observar el momento presente con claridad y sin juicios. Dentro de un proceso terapéutico implica aprender a sostener la incomodidad que se siente cuando nos tocan una herida, en lugar de reaccionar aplicamos la pausa.
Respira:
Inhala profundo.
Sostén la respiración, al menos 3 segundos.
Exhala largo, suelta el aire por la boca como un suspiro prolongado.
Biológicamente, la exhalación sostenida activa el sistema nervioso parasimpático a través del nervio vago, enviando una señal clara al cerebro que se traduce como “estamos a salvo”.
Ahora, haz una respiración consciente:
Inhala profundo dirigiendo el aire hacia el abdomen.
Sostén la respiración, al menos 3 segundos.
Exhala largo, suelta el aire por la boca como un suspiro prolongado.
Siente cómo al expandir la caja torácica y ralentizar el ritmo, la urgencia por reaccionar se pierde fuerza. Comienzas a abrir un lugar interno donde habitarte. Ese es el espacio en donde habita tu libertad para elegir la respuesta.
¿Qué valores te rigen?
Una vez que la respiración ha abierto el espacio y el cuerpo recupera la calma, ahora si nos podemos hacer preguntas:
¿cómo responder?, ¿qué responder?, ¿de qué me guío para responder ahora?
De tus valores.
Los valores no son mandatos morales ni conceptos abstractos para lucir bien ante los demás. Los valores son tus principios rectores no negociables, el marco ético que sostiene tu integridad y define el tipo de persona que eliges ser, sin importar lo que el entorno haga. Cuando los conoces y están bien cimentados, rigen tu proceder de manera autónoma.
Para identificar tus valores, necesitas volver la mirada hacia ti, retirar la mirada de la conducta del otro y explorar en tu interior.
¿qué es lo primordial para ti en ese vínculo, el respeto, la honestidad, tu paz mental?
Si uno de tus valores es el respeto y respondes con una conducta pasivo-agresiva ignorando al otro porque el otro te ignoró, estás reaccionando desde la herida. Responder desde tus valores significa que, si el respeto es uno de tus pilares, tu acción nacerá desde ahí. Quizás elijas comunicar con claridad tu molestia o tu necesidad, quizá decidas, distanciarte y en adelante elegir con quiénes compartir tu presencia o dónde invertir tu energía, retirándote sin aplicar el “ojo por ojo, diente por diente”. Al hacerlo así, tus acciones nacen de ti, fortaleciendo tu integridad personal.
Muchas veces se cree que lo asertivo es decirle al otro lo que nos molestó, esperando que al conocer nuestro dolor reflexione y modifique su actuar. Pero hay una línea muy delgada entre expresar nuestro dolor, haciéndonos responsables de nuestra herida, a utilizarlo para que el otro sienta culpa.
Nuestro dolor nos dice que hay una herida que atender, un espacio interno que reclama ser mirado por nosotras/os antes de exigirle al entorno que lo repare. Usar el dolor para culpar al otro es pedirle que sostenga un peso que no le corresponde. En cambio, al hacernos cargo de él fortalecemos nuestra soberanía, que consiste en elegir tus propias respuestas y no tus circunstancias.
El dolor no aparece para que cambiemos a los demás, sino para recordarnos que hay partes de nuestra historia que aún necesitan ser escuchadas, abrazadas y comprendidas.
Como cada mes, te dejo algunas preguntas para mirar dentro de ti, reflexionar y, sobre todo, escribir.
Bitácora de autoobservación
Mira las últimas veces que caíste en la "reciprocidad negativa". ¿qué estabas intentando forzar en la otra persona a través de tu reacción?
Si hicieras una lista de tus tres valores relacionales no negociables, ¿cuáles serían?
¿Qué relaciones o situaciones en tu vida actual podrían transformarse si eliges actuar desde tus valores en lugar de reaccionar desde tu herida?

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